Notas
Su carrera comenzó en una ortopedia de la calle Rivadavia al 8200, donde su profesor Noya le enseñó el oficio de la pedicuría. Fue allí donde conoció a Bruno Fasciolo, con quien comenzó a soñar en tener una ortopedia propia y quien luego sería su socio por muchos años.
Decidido a profundizar en la profesión, comenzó a estudiar la carrera de técnico ortesista y protesista en el Instituto Huergo durante tres años. En un pequeño espacio cedido en la marroquinería de sus hermanos, en J. B. Alberdi 4600, Pedro compró un serrucho, una plancha de cuero y corcho, y comenzó a trabajar por su cuenta haciendo plantillas. Las entregas las hacía primero en bicicleta y luego en una «motito» que se compró. Durante su tiempo de estudiante, se dedicó a fabricar plantillas para otras casas de ortopedia, aunque todavía sin un local propio de atención al público.
El gran paso llegó en el año 1961, un año antes de casarse con Aurita, a quien describe como «la mujer de mi vida y que me acompaña hace 63 años». Compraron una casa en la calle Escalada 387, la que se convertiría en la sede de Ortopedia Fabar por 64 años. En esa sede comenzó la atención tanto al público como a mayoristas. Arriba del local, Pedro construyó su hogar con Aurita y tuvo a sus dos hijas, Silvia y Claudia. Hoy día, sus hijas continúan con sus profesiones de odontóloga y bioquímica, disfrutando de su trabajo, algo que a él lo hace feliz, aunque internamente le hubiera gustado que amaran la ortopedia como él. Ellas le dieron cuatro nietos: Juan Agustín, Martín, Camila y María Lucila; y cinco bisnietos: Peter, Bojan, Clara, Anja y Zacarías.
Con el tiempo, Fabar decidió expandirse. A los pocos años, Pedro armó una fábrica de calzado ortopédico, enfocándose siempre en utilizar la mejor materia prima. Fabricaban zapatos y zapatillas para pacientes adultos y niños de todas las edades ya sea que requieran corrección ortopédica o no, ya que el calzado fue diseñado con un modelo atractivo y estético. La fábrica de calzado que inicialmente estuvo en Oliden y Pizarro, fue trasladada a la calle Escalada 589, donde por comodidad y espacio pudieron seguir fabricando y creciendo.
Fabar abrió diversas sucursales durante su toda su trayectoria, una en Carlos Pellegrini 423, otra en Larrea 258 y Rodríguez Peña 791, todas en la zona céntrica de CABA. Uno de los mayores orgullos de Pedro Barberis es el legado humano de Fabar. Mucha gente que trabajó con ellos hoy día tiene sus propias ortopedias pujantes y son excelentes profesionales. Uno de los pioneros, Antonio Valado, quien recién llegado de España y con pocos años comenzó a aprender con él; Pedro tuvo que construirle una tarima para que pudiera acceder a la mesada y así enseñarle a hacer las plantillas. Antonio aprendió el oficio desde muy joven y trabajó 19 años en Fabar antes de abrir su propia Ortopedia Bernal, un negocio familiar que hoy atiende a numeroso público en la zona sur.
Años más tarde, cerca del año 1980, comenzó Adrián. Con apenas 18 años y su espíritu joven, impulsó cambios y mejoras. Sin embargo, la filosofía de Pedro siempre fue motivar a cada uno con potencial para que hiciera su propio camino.
Hoy día, Adrián posee el Centro Ortopédico Peláez, que atiende a grandes figuras del deporte y al público general, contando con tecnología de primer nivel. Gracias a él, Pedro viajó a Alemania en 2008 para actualizarse en mejores materiales para la confección de plantillas.
Sus hermanas Maruca y Nelly también trabajaron muy cerca de él. Una corsetera les enseñó el oficio y ellas se dedicaron a confeccionar fajas, corsets, etc. de forma totalmente artesanal, cosiendo sentadas todos los días desde muy temprano hasta altas horas de la noche y siempre con una sonrisa.
Con Bruno Fasciolo decidieron separarse luego de 40 años de trabajar juntos, pero siempre conservaron la amistad. Dos de los hijos de Bruno, Alejandro y Silvana, también siguieron el camino de la Ortopedia.
Muchas otras personas transitaron por Fabar, entre ellas parte de su gran familia, como su ahijada Patricia, que se ocupó de la contabilidad junto con su sobrina Lara por tantos años. También su sobrino Gonzalo, que se abrió su propio rumbo en Ortopedia hace unos años, al igual que Lara, que estuvo hasta el cierre de Fabar y que recientemente abrió su ortopedia. Pedro menciona con orgullo a otros tantos empleados que se dedicaron a la ortopedia como Manuela Bianco y Luis Ilkiewicz, Pablo Acosta, Adrián Hernández, Oscar Nuñez, Roberto Hermida, José Luis Donoso, Oscar Condoleo, Miguel Giordanengo, su sobrino Carlos Barberis y Pablo Monti, el cual al enterarse del cierre de Fabar menciona con melancolía que siempre sintió que trabajaba dentro de una familia y que Fabar no termina ya que está en el corazón de todos.
Él cree que para muchos empleados fue un padre, o por lo menos intentó serlo, para Luis y Mari, que encontraron el amor trabajando en Fabar, al igual que Ricky y Mirta (la que lo sigue deleitando con sus exquisitas pastafrolas cada vez que pasa a saludarlo). También lo fue para Elina, Pedro, Juan Carlos y Jorge, ambos estuvieron a cargo de las sucursales y tantos otros que tal vez teme no recordar ya que a sus casi 90 años la memoria le falla un poco.
Pedro no puede terminar esta historia sin nombrar a Ester, su «fiel compañera». La deja para el final porque es quien lo acompañó hasta el cierre de Fabar, como lo hizo siempre desde 1978, con su actitud proactiva, generosidad inigualable y siendo parte de su familia. Ella misma relata “ trabajar en Fabar fue un crecimiento en todo aspecto de mi vida, fue compartir en familia mi vida”. Hoy día, la gratitud de ella hacia él es un gran tesoro.
En el año 2010 en el año del bicentenario de Villa Luro varias entidades como la Escuela Nº 7 D.E.18, la Junta de Estudios Históricos de Villa Luro, La revista barrial Mirando al Oeste, Radio Rivadavia, la parroquia San Francisco Solano, la Sociedad de Fomento amigos de Villa Luro, el Centro de jubilados y pensionados La Amistad, la parroquia San Gabriel Arcángel y la fundación Diakonia apoyaron la nominación de Pedro y lo honraron con el premio como “Vecino Participativo”.
Pedro agradece a Dios todo lo que le dio en la vida y, sobre todo, la posibilidad de ayudar a mucha gente con su «humilde conocimiento», esperando seguir siendo guía y recuerdo de todos los que pudo formar y lo acompañaron todos estos años. También agradece a cada cliente que confió en él y a todos los proveedores, excelentes personas que lo ayudaron a crecer y en los que puso su confianza y no lo defraudaron.
Finalmente, Pedro quiso transcribir unas palabras de Adrián Peláez que recibió a través de su hija Claudia y que lo emocionan:
«…Fabar para mí hoy día a mis 60 años puedo decir que fue mi escuela y allí descubrí mi profesión, mi verdadera vocación que hoy es mi pasión. Por sobre todas las cosas Pedro me formó como persona y como ortopedista, me transmitió su conocimiento, me dio confianza al darme la oportunidad de hacerme cargo de la fábrica y manejar gente lo cual fue un pilar para mi situación actual. Sin duda los valores mayores fueron los de ser buena persona, ser buen padre, buen hijo y voy a estar totalmente agradecido porque cuando me fuí de Fabar hace ya 30 años, antes de proponerle los cambios que yo quería hacer él me dijo: ¿Si estás tan convencido que estos cambios van a funcionar por qué no lo haces vos? Y eso me impulsó. Mi agradecimiento es eterno a mi maestro y padre y lo llevo siempre en la mente y en el corazón».
Así, la historia de Fabar se revela no solo como la de un negocio, sino como la de un hombre que entendió que su «humilde conocimiento» era una herramienta para formar a otros. Al cerrar sus puertas, Fabar deja un legado que no es material, sino humano: el de un maestro cuya guía, como lo demuestra la gratitud de quienes formó, sigue viva e intacta.